El huésped de la habitación 314

Capítulo 3: La llave que no abría ninguna puerta

Esta es una historia de ficción. Cualquier parecido con personas, lugares o situaciones reales es casualidad.

Daniel fue el primero en acercarse al ascensor.

La frase seguía escrita en el espejo empañado:

Ella no es la hija.

Clara se quedó quieta. El señor Valdés, en cambio, no miró el mensaje. Miraba la llave antigua que tenía cerrada en el puño.

“¿Quién ha hecho esto?”, preguntó Marta.

Nadie respondió.

El ascensor estaba vacío. Daniel entró con cuidado y pulsó el botón de la tercera planta. No ocurrió nada. Volvió a pulsarlo. La puerta se cerró, pero la cabina no se movió.

Unos segundos después, las puertas se abrieron otra vez.

Seguían en el vestíbulo.

Daniel salió. El señor Valdés se acercó al panel y pulsó el botón él mismo. Esta vez el ascensor subió.

Clara lo siguió sin pedir permiso.

“Te he dicho que tenemos que hablar”, dijo él.

“Y yo te he dicho dónde.”

Marta miró a Daniel.

“No dejéis que suban solos.”

Él asintió, aunque no tenía claro qué podía hacer si aquel hombre se negaba. Los cuatro entraron en el ascensor. Durante el trayecto nadie habló.

Al llegar a la tercera planta, el pasillo estaba en silencio.

La moqueta amortiguaba los pasos. Las luces de la pared iluminaban cuadros antiguos y puertas idénticas a ambos lados. Daniel caminó delante hasta que encontró el número 314.

La puerta estaba cerrada.

El señor Valdés sacó una tarjeta de su cartera y la acercó al lector. La luz se puso verde.

Pero no abrió.

Lo intentó otra vez.

Nada.

“¿Qué pasa?”, preguntó Clara.

“Esta es mi habitación.”

Daniel revisó la cerradura. No parecía dañada. Marta llamó a recepción desde su móvil y pidió una tarjeta nueva. Mientras esperaban, Clara observó la puerta.

“¿Desde cuándo te alojas aquí?”

Valdés no respondió.

“¿Desde cuándo?”, repitió ella.

“Mucho tiempo.”

“¿Y nunca pensaste en buscarme?”

Él apretó la mandíbula.

“No sabía que existías.”

Clara soltó una risa corta, sin alegría.

“Claro. Esa es tu respuesta.”

“Es la verdad.”

“Mi madre decía que mentías muy bien.”

Las puertas del ascensor se abrieron al fondo del pasillo. Salió Lucía, una de las responsables de planta, con una tarjeta nueva en la mano.

“Señor Valdés, aquí tiene.”

Él la acercó al lector.

La luz volvió a ponerse verde.

La puerta continuó cerrada.

Lucía frunció el ceño.

“Eso no es normal.”

Daniel se agachó junto a la cerradura. En el suelo, casi escondido entre la puerta y la moqueta, vio algo metálico.

Era una llave.

No era la llave antigua que llevaba Valdés. Era pequeña, moderna, y tenía un llavero de plástico negro con una etiqueta blanca.

Habitación 314. Servicio.

Daniel la recogió.

“¿Quién puede haberla dejado aquí?”, preguntó Marta.

Lucía negó con la cabeza.

“Solo el personal de mantenimiento tiene una llave así.”

Daniel miró la puerta. Después miró la llave antigua que Valdés todavía tenía en la mano.

“Pruebe esa”, dijo Clara.

Valdés no se movió.

“Esa llave no sirve para esta puerta”, respondió.

“¿Cómo sabes que no?”

El hombre la miró. Por primera vez parecía cansado.

“Porque no abre habitaciones.”

Clara se acercó.

“Entonces, ¿qué abre?”

Valdés tardó unos segundos en contestar.

“Una puerta que ya no existe.”

Marta dio un paso hacia él.

“¿Qué quiere decir con eso?”

Valdés miró el número 314 grabado en la llave.

“Antes de la reforma, este pasillo era distinto. Había una escalera al final. Detrás de ella, una puerta sin número. Nadie del hotel actual sabe que estuvo ahí.”

Daniel notó un escalofrío.

“¿Y adónde llevaba?”

Valdés levantó la mirada.

“A una habitación que no aparecía en los planos.”

En ese momento, algo sonó dentro de la 314.

Tres golpes secos.

Todos se quedaron inmóviles.

Después, una voz de mujer habló desde el otro lado de la puerta.

“Valdés, abre. Sé que has vuelto.”

Mañana: La voz detrás de la puerta.

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