El huésped de la habitación 314

Capítulo 4: La voz detrás de la puerta

Esta es una historia de ficción. Cualquier parecido con personas, lugares o situaciones reales es casualidad.

Nadie respiró.

La voz había sonado clara, cerca, al otro lado de la puerta.

“Valdés, abre. Sé que has vuelto.”

Clara miró al señor Valdés. Su rostro había perdido el color.

“¿Quién es?”, preguntó ella.

Él no contestó.

Daniel se acercó a la puerta y apoyó la palma sobre la madera. Estaba fría. Demasiado fría para un pasillo en el que el aire acondicionado apenas se notaba.

“¿Hay alguien dentro?”, preguntó Marta, intentando mantener la calma.

No llegó respuesta.

Solo se escuchaba el zumbido suave de las lámparas del corredor.

Valdés sacó la llave antigua del bolsillo. La sostuvo ante la cerradura con la mano temblando.

“No encaja”, dijo Lucía.

“Ya lo sé.”

“Entonces, ¿por qué la has traído?”, preguntó Clara.

Él levantó la vista.

“Porque ella me pidió que no la perdiera.”

“¿Ella quién?”

Valdés cerró los ojos un instante.

“Tu madre.”

Clara dio un paso atrás.

Daniel miró a Marta. Hasta ese momento, todos habían pensado que la historia empezaba con Clara. Pero había otra mujer. Una mujer que parecía haber dejado una voz encerrada en aquella habitación.

“Mi madre murió hace tres meses”, dijo Clara. “No puede estar ahí.”

“Lo sé.”

“Entonces deja de hablar como si estuviera viva.”

Valdés pasó la tarjeta por la cerradura una vez más. La luz cambió a verde. Esta vez, la puerta cedió apenas un centímetro.

Un golpe seco la detuvo desde dentro.

Marta soltó un pequeño grito.

Daniel empujó con cuidado, pero algo pesado bloqueaba el paso.

“Llamaré a seguridad”, dijo Lucía.

“No”, respondió Valdés con firmeza.

Todos lo miraron.

“No puede entrar nadie más.”

“Esto ya no depende de ti”, dijo Marta. “Hay una persona dentro o alguien está gastando una broma muy peligrosa.”

Valdés no respondió. Se agachó y metió los dedos por la estrecha abertura de la puerta. Intentó mover aquello que bloqueaba el acceso, pero era imposible.

Daniel se arrodilló a su lado.

“Déjame mirar.”

A través de la rendija se veía una parte de la habitación. Una lámpara encendida. Una maleta abierta sobre la cama. Y, en el suelo, una silla caída.

No había nadie.

Pero en la pared frente a la cama, alguien había escrito con letras grandes, oscuras y torcidas:

NO DEJES QUE CLARA RECUERDE.

Daniel se apartó de golpe.

“¿Qué ocurre?”, preguntó Marta.

Él no quería decirlo, pero Clara ya se había agachado para mirar.

Su expresión cambió.

“Yo no recuerdo nada”, susurró.

Valdés dejó de forcejear con la puerta.

“Eso era lo que queríamos.”

Clara se volvió hacia él.

“¿Qué queríais?”

El silencio de Valdés fue peor que cualquier respuesta.

“Dímelo.”

“Nunca debiste volver.”

Clara le dio una bofetada. El sonido rebotó por todo el pasillo.

Daniel no se movió. Marta tampoco.

Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.

“Me dejaste con una mujer que no conocía. Mi madre decía que fue por mi seguridad. Tú dices que no sabías que existía. Y ahora me dices que no recuerde. ¿Qué me hicisteis?”

Valdés bajó la mirada.

“No te hicimos nada.”

“Entonces, ¿por qué tengo pesadillas con este sitio desde niña?”

La puerta crujió.

Esta vez se abrió unos centímetros más.

La silla que la bloqueaba se desplazó sola, lentamente, como si alguien la hubiera empujado desde el interior.

Daniel miró hacia la habitación.

La maleta estaba abierta.

Dentro había ropa de mujer, varios documentos antiguos y una fotografía enmarcada.

En ella aparecían tres personas.

Clara de niña.

Su madre.

Y el señor Valdés.

Pero había una cuarta figura al fondo, casi escondida detrás de ellos.

Una mujer con uniforme del hotel.

Marta se quedó pálida.

“No puede ser”, dijo.

Clara levantó la fotografía.

“¿La conoces?”

Marta no respondió.

Solo señaló el rostro de la mujer.

“Esa mujer era mi madre.”

Mañana: La mujer de la fotografía.

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