Capítulo 2: La mujer que decía ser su hija
Esta es una historia de ficción. Cualquier parecido con personas, lugares o situaciones reales es casualidad.
La mujer no apartó la vista de Marta.
La fotografía seguía sobre el mostrador. Daniel estaba lo bastante cerca para distinguir que el hombre que llevaba a la niña sobre los hombros era joven, quizá unos treinta años, y tenía la misma mandíbula marcada que el señor Valdés.
Marta cogió la imagen sin llegar a tocarla del todo.
“¿Cómo te llamas?”, preguntó.
“Clara.”
“Clara, el señor Valdés ha pedido expresamente que no se facilite información sobre su estancia.”
“Yo no he pedido información. He venido a verlo.”
Su voz era tranquila, pero sus manos no. Sujetaba el asa de la maleta con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos.
Daniel pensó en la nota guardada en el bolsillo. No dejes que entre en la 314. Aún no sabe quién es.
Miró hacia el ascensor. La tercera planta estaba demasiado cerca.
Marta dejó la fotografía sobre el mostrador.
“Voy a llamarlo. Si desea recibirte, subirás.”
Clara asintió, pero antes de que Marta levantara el teléfono, una voz grave llegó desde el otro lado del vestíbulo.
“No hace falta.”
El señor Valdés estaba allí.
Daniel no lo había visto entrar. Llevaba un traje gris oscuro, sin una sola arruga, y un abrigo doblado sobre el brazo. Parecía un hombre que no necesitaba levantar la voz para que todos le escucharan.
Clara soltó la maleta.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
“Hola, papá”, dijo ella.
El rostro del señor Valdés no cambió. Ni sorpresa, ni alegría, ni miedo. Solo una mirada fría, detenida en la cara de Clara.
“Señorita, creo que se equivoca.”
Clara dio un paso hacia él.
“No. Tú eres quien se equivoca.”
Marta intentó intervenir, pero Valdés levantó una mano.
“¿Quién te ha enviado?”
“Nadie.”
“¿Tu madre?”
Clara tardó demasiado en responder.
“No nombres a mi madre.”
Valdés la miró por primera vez con algo parecido a inquietud. Fue apenas un segundo, pero Daniel lo vio.
Clara abrió el bolso y sacó un sobre amarillento. Estaba doblado por las esquinas, como si hubiera sido leído demasiadas veces.
“Ella murió hace tres meses. Esto estaba entre sus cosas.”
El señor Valdés no cogió el sobre.
“Yo no sé quién eres.”
“Claro que lo sabes. Estuve aquí contigo cuando era pequeña. En esta ciudad. En este hotel.”
Valdés dio un paso atrás.
“Eso es imposible.”
“¿Por qué?”
Él no respondió.
Clara dejó el sobre sobre el mostrador, junto a la fotografía.
“Porque tú me trajiste aquí. Porque prometiste volver a buscarme. Y porque desapareciste al día siguiente.”
El silencio se hizo incómodo. Una pareja que esperaba el ascensor dejó de mirar sus móviles. Marta miró a Daniel, como pidiéndole que hiciera algo, pero él no podía moverse.
El señor Valdés abrió el sobre.
Dentro había una hoja escrita a mano y una llave pequeña, antigua, de las que ya no abrían habitaciones modernas.
En la etiqueta de metal había un número grabado.
Valdés cerró los ojos.
Solo un instante.
Después miró a Clara.
“Esa habitación no existía en 1996.”
Clara sonrió, aunque parecía a punto de llorar.
“Entonces explícame por qué la llave lleva tu nombre.”
Daniel sintió que el papel de su bolsillo pesaba más que antes.
No dejes que entre en la 314. Aún no sabe quién es.
El señor Valdés guardó la llave en el puño y se acercó a Clara.
“Tenemos que hablar. Pero no aquí.”
Ella negó con la cabeza.
“No. Vamos a hablar en la 314.”
Marta palideció.
Y justo entonces, el ascensor se abrió.
Dentro no había nadie.
Pero en el espejo del fondo, alguien había escrito con un dedo una frase sobre el vapor:
Ella no es la hija.
Mañana: La llave que no abría ninguna puerta.


