CapÃtulo 6: La primera carta
Clara llegó a la estación con una maleta, una carpeta de dibujos y la sensación de haber olvidado algo. Eleanor le ajustó el cuello del abrigo. «Si vuelves a comprobar el billete, vas a borrarlo». Clara sonrió, pero volvió a tocar el bolsillo. Su madre habÃa insistido en acompañarlas y ahora examinaba a los viajeros como si alguno pudiera garantizarle que su hija estarÃa bien. El tren todavÃa no habÃa llegado. Clara miró hacia el camino y descubrió a Adrian junto a la entrada, con el sombrero en la mano. No esperaba verlo allÃ.
Él saludó a las tres y se acercó a Clara. «Su madre me dijo a qué hora salÃa». Ella miró de reojo a su madre, que encontró un motivo para alejarse con Eleanor. Adrian llevaba el retrato que Clara habÃa terminado y enviado dos dÃas antes. «QuerÃa agradecérselo sin escribir una carta que pareciera un recibo». Clara se rio. «Puede practicar. Tendrá tiempo». El ruido del tren les hizo volver la cabeza. Adrian la acompañó hasta el vagón y sostuvo su carpeta mientras ella subÃa. Al devolvérsela, sus dedos se rozaron. «EscrÃbame cómo le ha ido», dijo. Clara asintió. «Aunque salga mal». «Especialmente entonces».
En Manhattan, Clara llegó a la revista demasiado pronto. Desde el pasillo vio mesas llenas de papeles, hombres trabajando con las mangas recogidas y una muchacha que cruzaba llevando pruebas de imprenta. Su editor, el señor Bennett, la recibió sin ceremonias y abrió la carpeta. Clara conocÃa sus cartas desde hacÃa años, pero nunca lo habÃa visto trabajar. Él apartó dos dibujos que ella consideraba sus mejores obras y se detuvo en uno pequeño: una mujer esperando junto a una ventana. «Este tiene algo que los otros no tienen». Clara miró la hoja. Era Eleanor después de devolver el anillo.
Bennett no preguntó por la tristeza del retrato. Le pidió que observara la redacción y dibujara una escena que pudiera acompañar un artÃculo sobre el trabajo. Clara sintió que aquella prueba la dejaba sin sus respuestas preparadas. Se sentó en una mesa vacÃa. Al principio solo veÃa rostros que se volvÃan hacia ella y manos que le tapaban los detalles. Después reparó en la muchacha de las pruebas: cada vez que alguien la llamaba, detenÃa su propia tarea. Clara dibujó su mesa, los papeles pendientes y un brazo que entraba en la escena para pedirle otro recado.
El editor examinó el boceto al mediodÃa. «La idea funciona. La mano necesita trabajo». Clara notó una mezcla de alivio y decepción. Bennett le ofreció terminarlo como encargo pagado y empezar el lunes un periodo de prueba de tres meses. Le explicó el salario, los horarios y qué ocurrirÃa si sus dibujos no encajaban. Ella preguntó cuánto cobrarÃa por los encargos adicionales y si conservarÃa su firma. Él respondió y puso las condiciones por escrito. Clara salió con una copia en el bolso. Nadie habÃa mencionado a Adrian. Su trabajo habÃa bastado para conseguir una oportunidad.
Aquella tarde alquiló una habitación en una pensión cuya dirección le habÃa facilitado su editor. La señora Parker, la dueña, le mostró una cama estrecha y una mesa junto a la ventana. Clara preguntó el precio antes de mirar el armario. Pagó la primera semana y calculó cuánto podrÃa enviar a casa. La cifra era menor de lo que habÃa imaginado durante el viaje. Aun asÃ, se sentó y escribió a su familia. Después sacó otra hoja para Adrian. Contó la prueba, la mano mal dibujada y el acuerdo. Tachó una despedida demasiado frÃa y escribió: «Me alegró encontrarlo en la estación».
El lunes regresó a la redacción. Bennett le asignó una mesa y la presentó a Daniel Reed, un ilustrador que trabajaba junto a ella. Daniel observó su dibujo. «Ese brazo parece querer llevarse también la mesa». Clara soltó una carcajada. Él le enseñó cómo colocar la mano para que no tapara la expresión de la muchacha. Después le pidió opinión sobre uno de sus trabajos y discutieron durante diez minutos. Cuando Bennett pasó, ambos seguÃan defendiendo sus versiones. Clara recordó las horas que dibujaba sola en casa. Allà tenÃa a alguien con quien aprender y discrepar sin guardar los lápices.
Al volver a la pensión encontró un sobre apoyado junto a su plato. Reconoció la letra de Adrian antes de leer el nombre. HabÃa enviado la dirección por adelantado, pero no esperaba una carta tan pronto. Cenó deprisa y subió a su habitación. Adrian agradecÃa el retrato y contaba que Eleanor habÃa vuelto a reunirse con Thomas. Él le habÃa entregado las cuentas y propuesto vender parte de sus propias inversiones para asumir su pérdida. La deuda seguÃa pendiente, aunque al menos ya no dependÃa únicamente de las promesas del padre de Clara. Ella soltó el aire y continuó leyendo.
«Hoy he sacado mis antiguos planos», escribió Adrian. «No sé todavÃa qué haré con ellos. Por ahora he descubierto que las ventanas del proyecto dejaban entrar poca luz. Usted habrÃa protestado». Clara sonrió. Dentro del sobre habÃa un pequeño dibujo del huerto, hecho desde el muro donde habÃan ordenado las cuentas. Sus árboles estaban torcidos y la casa resultaba demasiado grande. Al pie habÃa añadido: «Para que vea que también puedo aceptar correcciones». Clara pasó un dedo por el borde del papel. Nunca habÃa imaginado a Adrian haciendo algo que pudiera salirle mal solo para compartirlo con ella.
La última página contenÃa una pregunta: «Debo viajar a Manhattan la semana próxima. ¿Me permitirÃa visitarla el jueves? No llevaré cuentas». Clara acercó la lámpara y empezó la respuesta. Le habló de su mesa, de Daniel y de lo difÃcil que habÃa sido enviar a casa menos dinero del esperado. Aceptó la visita y añadió una dirección. Después miró otra vez el dibujo del huerto. TenÃa ganas de verlo. También querÃa que conociera aquella vida nueva antes de hacerse una idea de su futuro juntos. Guardó la carta en un sobre, pero aún no lo cerró. Faltaba una frase que llevaba dÃas evitando: «No sé si querré volver al terminar los tres meses».




