Cuando el orgullo cede: capítulo 2, El precio de una firma

Capítulo 2: El precio de una firma

Clara volvió a leer el documento mientras su padre permanecía sentado, con las manos sobre las rodillas. La suma equivalía a varios años de sus ingresos como ilustradora. «Dijiste que habías pedido dinero para reparar el tejado». Él se humedeció los labios. «También había una inversión. Debía producir beneficios antes del vencimiento». Clara miró hacia el cubo junto a la ventana. Había llovido durante la cena y el agua seguía cayendo dentro. «El tejado no se reparó». Su padre bajó la cabeza. Ella dejó el documento sobre la mesa, cuidadosamente, porque deseaba romperlo.

A la mañana siguiente salió antes del desayuno. Llevaba el contrato doblado en el bolso y sus botas menos gastadas. El camino entre las dos fincas bordeaba un huerto donde las últimas manzanas esperaban la recogida. De niña, Clara había acompañado a su padre por aquellas hileras, contando árboles y robando fruta. Ahora calculaba cuánto podrían obtener vendiendo una parte del terreno. Al llegar a la verja de los Vale se detuvo para recuperar el aliento. No pensaba suplicar. Necesitaba tiempo, información y una explicación que no dependiera de los silencios de su padre.

Adrian la recibió en la biblioteca. Vestía de oscuro y tenía varios libros de cuentas abiertos sobre el escritorio. Al verla, se levantó. «Señorita Whitmore». Clara sacó el documento. «Anoche olvidó mencionar que puede quedarse con nuestra casa». Él lo reconoció sin tocarlo. «Administro el préstamo. No soy propietario de su finca». «Todavía». Adrian señaló una silla. Ella permaneció de pie. «Quiero saber qué ocurrirá dentro de doce días». Él cerró uno de los libros. «Vence el plazo. Si no hay pago ni acuerdo, nuestros abogados iniciarán la reclamación». Clara apretó el bolso. Al menos ya tenía una respuesta.

«Necesitamos una prórroga». Adrian apoyó los antebrazos en el escritorio. «¿Qué propone su padre?». «Mi padre propone esperar». Por primera vez, él pareció perder la respuesta preparada. Clara continuó: «Podemos vender el terreno junto al camino del norte. No afecta al huerto ni a la casa. He escrito a mi editor para pedir más encargos». Adrian examinó el contrato. «Sus dibujos no cubrirán esta cantidad». «No he dicho que la cubran. He dicho que voy a contribuir». Él alzó la mirada. «No pretendía menospreciar su trabajo». Clara recordó la cena. «Tiene una manera singular de demostrarlo».

Adrian se levantó y desplegó un plano sobre la mesa junto a la ventana. Clara se acercó. Él señaló el límite norte. «Aquí hay una servidumbre de paso. La venta será más difícil de lo que cree». Ella reconoció el sendero que utilizaban los vecinos para llegar al río. Su padre nunca lo había mencionado. «¿Cuánto tiempo necesitaríamos?». «Primero, una valoración». Adrian apartó una silla para que pudiera inclinarse sobre el plano. Clara percibió el olor del papel, la leña apagada y su loción de afeitar. Se obligó a mirar el terreno, aunque él estaba lo bastante cerca para distraerla.

«¿Ha venido andando?», preguntó Adrian. Había visto barro en el borde de su falda. «El carruaje lo necesita mi madre». Él miró sus botas y luego el fuego. «Puedo pedir que la lleven de regreso». Clara enderezó la espalda. «Puedo caminar». «No lo dudo». Aquella respuesta, sin ironía, la dejó sin réplica. Adrian llamó a un criado y pidió té, pero no un carruaje. Después regresó al escritorio. «Solicitaré la valoración esta mañana. Y puedo suspender cualquier actuación durante seis semanas». Clara lo miró, sorprendida. «¿Con qué condición?». «Que su padre entregue todas las cuentas de la inversión».

Ella aceptó antes de pensar en el trabajo que supondría arrancárselas. «Quiero el acuerdo por escrito». Adrian tomó una hoja. «También yo». Mientras redactaba, Clara observó una pequeña mancha de tinta en su dedo. Le agradó descubrir una imperfección tan corriente en alguien que parecía cuidarlas todas. Él la sorprendió mirando. Clara señaló el papel. «Ponga la fecha exacta». Adrian obedeció y le tendió la hoja. Al recogerla, sus dedos se rozaron. Fue un contacto breve, accidental. Ella retiró la mano demasiado deprisa y odió que él pudiera haberlo notado.

Entonces vio su revista sobre una mesa, abierta por la ilustración de la dependienta. Había una anotación a lápiz en el margen. «¿Sigue examinando su expresión?». Adrian siguió su mirada. «Examinaba el espejo». En el dibujo, un espejo mostraba a otra empleada sujetando una caja demasiado grande. Apenas se distinguía detrás de las clientas. «Casi nadie la ve», dijo Clara. «Supuse que ese era el motivo para dibujarla». Ella guardó silencio. Había pensado que él solo buscaba defectos. Adrian cerró la revista. «Mi pregunta sobre el original era sincera». Clara bajó los ojos hacia la prórroga. «Hoy preferiría no mezclar asuntos».

Adrian asintió, pero no se apartó cuando ella se acercó para recoger su bolso. Durante un instante quedaron frente a frente, sin una mesa que ordenara la distancia. Clara quiso agradecerle las seis semanas y encontró las palabras más difíciles que cualquier reproche. «Ha sido razonable». Él inclinó ligeramente la cabeza. «Procuraré no acostumbrarla». Ella sonrió antes de poder evitarlo. Adrian la miró de una forma distinta, menos cautelosa, y Clara fue la primera en volverse hacia la puerta.

Antes de salir, recordó una pregunta. «¿Con quién invirtió mi padre? No quiso decírmelo». Adrian dejó de sonreír. Abrió una carpeta y comprobó una página. «Creía que lo sabía». Clara sintió enfriarse el té que aún llevaba dentro. Él giró el documento para que pudiera leerlo. Allí figuraba el nombre de Thomas Vale, junto al de su padre. El prometido de Eleanor conocía aquella deuda desde el principio. Y la noche anterior, mientras su hermana mostraba el anillo, había dejado que su madre hablara de los Whitmore como si fueran unos desconocidos.

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Capítulo 1: Una mujer inconveniente
Capítulo 2: El precio de una firma (estás aquí)
Capítulo 3: Lo que Thomas calló
Capítulo 4: El baile que eligió

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