Capítulo 1: Una mujer inconveniente
El carruaje dio un salto y Clara Whitmore sujetó a su hermana antes de que golpeara la ventanilla. Eleanor se echó a reír, pero su madre miró el vestido con preocupación. «Espero que no se haya roto nada». Clara comprobó el broche prestado y apartó la cortina. Más allá del camino, las colinas del valle del Hudson conservaban las últimas luces del día. Era octubre de 1895. En la finca de los Vale, los jardines estaban cuidados, las ventanas iluminadas y ningún tejado parecía necesitar una reparación urgente. Clara pensó en el cubo que habían dejado bajo la gotera de su dormitorio.
Conoció a Adrian Vale cinco minutos después y decidió que no le gustaba. Estaba junto a la chimenea, examinando una de sus ilustraciones. Eleanor había llevado la revista para presumir de ella. El dibujo mostraba a una dependienta agotada atendiendo a varias señoras que compraban sombreros. «Tiene una expresión bastante severa», observó él. Clara se quitó los guantes. «Lleva once horas de pie». Adrian alzó unos ojos grises. «¿La conoce?». «Conozco su jornada». Él volvió a mirar el dibujo. Por las ventanas abiertas llegaba el olor húmedo de los jardines; Clara habría preferido estar fuera.
Eleanor apareció del brazo de Thomas Vale, su prometido, y realizó las presentaciones. Adrian era primo de Thomas y administraba el patrimonio familiar. Había regresado recientemente a la finca después de pasar varios meses en Manhattan. Clara inclinó la cabeza; él respondió con idéntica reserva. Su padre se había quedado en casa, alegando una indisposición, y su madre llevaba toda la tarde pidiéndoles discreción. Clara conocía aquella recomendación: significaba que faltaba dinero. Sus ilustraciones pagaban algunos gastos, pero no las reparaciones del tejado ni las deudas que su padre se negaba a explicar.
La cena celebraba el compromiso de Eleanor y Thomas. Helena Vale presidía la mesa bajo el retrato de su difunto marido y dirigía la conversación con preguntas que parecían amables hasta que una intentaba responderlas. Preguntó por la salud del señor Whitmore, por las tierras y finalmente por la revista. «Qué ocupación tan entretenida, Clara. Aunque imagino que la dejará cuando se case». Clara acomodó la servilleta. «Dependerá del marido». Thomas se rio. Adrian apoyó la copa. «¿Y si él considerara innecesario que siguiera trabajando?». Ella lo miró. «Procuraría encontrar uno que no confundiera sus necesidades con las mías».
Eleanor bajó los ojos para ocultar una sonrisa. Helena no ocultó su disgusto. Adrian guardó silencio y después preguntó si Clara aceptaba encargos particulares. Ella había esperado una reprimenda. «Cuando puedo elegirlos». «¿Qué la hace rechazarlos?». «Que me pidan dibujar algo distinto de lo que veo». Él sostuvo su mirada y Clara sintió una incomodidad inesperada. Tenía una manera de escuchar que la hacía prestar atención a sus propias palabras. «Entonces perderá buenos clientes». «Algunos merecen perderse». Thomas intervino con una anécdota sobre un caballo y la mesa recuperó su tranquilidad.
Eleanor rozó el zapato de Clara bajo el mantel: su antigua señal para pedir tregua. Clara se concentró en la cena. Había prometido comportarse y no quería que su hermana pagara por sus respuestas. Al levantar la vista encontró a Adrian observándola, esta vez con una diversión discreta. Le molestó advertir que prefería aquella expresión a su seriedad. Apartó los ojos hacia el jardín. Sobre la grava, un mozo conducía los caballos al establo. Pensó que podía volver andando si aquella velada se alargaba demasiado, aunque tendría que arruinar sus mejores zapatos.
Después de cenar, Eleanor se sentó al piano. Clara salió al vestíbulo para recuperar un pañuelo de su abrigo. Al regresar oyó su apellido desde la biblioteca. Helena hablaba con Adrian. «Thomas debería esperar. Los Whitmore tienen dificultades y este compromiso llega en un momento oportuno». Clara se detuvo junto a la puerta entreabierta. «Hay deudas que debemos aclarar», respondió él. «La mayor trabaja. Eso ya nos dice bastante». Clara esperó una objeción. Adrian únicamente añadió: «Hablaré con Thomas». Ella retrocedió antes de que la vieran. De pronto, la casa le pareció insoportablemente calurosa.
Dijo a su madre que le dolía la cabeza. Eleanor la acompañó al vestíbulo y Clara le ajustó el broche del vestido. «Estoy cansada. Tú quédate». Su hermana miró hacia el salón. «Te ha caído mal Adrian». «Tiene práctica». Eleanor sonrió. «Thomas dice que nunca decide nada sin examinarlo antes». Clara recordó la biblioteca. «Ojalá examinara también lo que dice». Besó a su hermana y pidió su abrigo. Mientras esperaban el carruaje, Adrian apareció con la revista. «Su hermana la ha olvidado. Quería preguntarle cuánto cuesta el original». Clara negó con la cabeza. «No está en venta». «¿La he ofendido?». Ella sostuvo su mirada. «Buenas noches, señor Vale».
El regreso transcurrió entre sombras de árboles y el crujido de las ruedas. En casa encontró luz bajo la puerta del despacho. Su padre estaba sentado ante unos documentos y trató de cubrirlos cuando ella entró. Clara dejó los guantes. «¿Cuánto debemos?». Él miró hacia otro lado. Ella apartó su mano y leyó la primera hoja. Había una fecha de vencimiento cercana, la descripción de la finca y una firma al pie. Adrian Vale. Dentro de doce días, el hombre que había querido comprar su dibujo podría reclamar la casa, el huerto y el camino por el que acababa de regresar.
Lee Cuando el orgullo cede en orden
Capítulo 1: Una mujer inconveniente (estás aquí)
Capítulo 2: El precio de una firma
Capítulo 3: Lo que Thomas calló
Capítulo 4: El baile que eligió





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