Cuando el orgullo cede

Capítulo 5: Una visita sin excusas

Clara miró a Adrian y después a Helena, que seguía esperando en la puerta. Tenía una respuesta en los labios, pero no quería darla para demostrarle nada a aquella mujer. «Puede venir el lunes, después de las tres», dijo finalmente. Adrian asintió. «Iré». Clara recogió sus guantes del alféizar. Al pasar junto a Helena mantuvo la cabeza alta, aunque las piernas todavía le temblaban. Buscó a su hermana entre los invitados. Eleanor estaba hablando con Thomas y no vio la sonrisa que Clara intentó esconder mientras esperaba a que terminaran.

De regreso, su madre preguntó si Adrian había mencionado las cuentas. «Esta noche no», respondió Clara. Eleanor la miró desde el asiento de enfrente. Su madre se acomodó el abrigo. «Es un hombre con una buena posición». Clara reconoció enseguida hacia dónde iba aquella conversación. «No voy a casarme para pagar una deuda». «Nadie ha dicho eso». «Entonces no lo pensemos». El carruaje siguió por el camino oscuro. Eleanor puso una mano sobre la suya. A Clara le bastó aquel gesto para dejar de sentirse obligada a explicar el baile.

El lunes por la mañana llegó una carta de su editor. Necesitaba ilustraciones para una nueva sección y quería verla en Manhattan el viernes. Si sus propuestas encajaban, podría ofrecerle tres meses de trabajo en la redacción. Clara leyó dos veces las condiciones y calculó los gastos de alojamiento. No resolvería toda la deuda, pero ganaría más y aprendería junto a otros dibujantes. Llevó la carta al desayuno. Su padre hizo cuentas en una servilleta hasta que Eleanor le quitó el lápiz. «Primero deja que decida si quiere ir». Clara miró a su hermana. «Quiero».

Pasó la mañana reuniendo dibujos y buscando una dirección donde alojarse si conseguía el puesto. A las tres ordenó la mesa del salón. A las tres y diez volvió a desordenarla para que no pareciera preparada. Eleanor la observó desde el sofá. «Puedes dejar los lápices donde estaban. No creo que sospeche nada por encontrar dibujos en casa de una dibujante». Clara le lanzó una mirada que solo consiguió hacerla reír. Cuando llamaron a la puerta, tenía las manos manchadas de grafito y ninguna manera discreta de limpiarlas.

Adrian entró con un pequeño paquete. «La revista que su hermana dejó en nuestra casa», explicó. Clara se sintió absurdamente aliviada de que no fueran flores. Él saludó a Eleanor, que siguió cosiendo junto a la ventana, y dejó el paquete sobre la mesa. Clara le contó lo de la carta. Adrian la leyó cuando ella se la ofreció. «Conozco al propietario de la revista. Podría hablar con él». Clara retiró la hoja. «Le agradezco la intención, pero quiero que me contraten por mis dibujos». Él abrió la boca y después la cerró. «Tiene razón. Me he adelantado».

La disculpa le quitó a Clara las ganas de discutir. Adrian tomó un dibujo solo después de pedir permiso. Era un retrato de su padre sentado en el huerto. «Aquí parece menos preocupado». «Lo hice hace dos años». Él examinó la hoja sin elogios exagerados, fijándose en las manos y en la inclinación del cuerpo. Clara acercó una silla. «Si desea mirar los demás, tendrá que sentarse. Desde esa altura todo parece una inspección». Adrian obedeció. Eleanor escondió una sonrisa detrás de su costura y poco después anunció que iría a buscar a su madre para servir el té.

Clara abrió el cuaderno de estudios. Adrian se detuvo en una página donde había varios edificios. «¿Le interesa dibujar casas?». «Me interesan las personas que viven dentro. Las casas suelen quedarse quietas». Él sonrió. «Yo quería diseñarlas». Clara levantó la vista. Adrian explicó que había empezado a estudiar arquitectura antes de morir su padre. Después se había hecho cargo de sus asuntos y, más tarde, de parte del patrimonio de los Vale. «Siempre había algo que resolver antes de volver a estudiar». «¿Y todavía lo hay?». Él cerró el cuaderno con cuidado. «Siempre encuentro algo».

Mientras hablaban, Clara empezó a dibujar en una hoja suelta. Adrian no lo advirtió hasta que ella le pidió que dejara de mover la mano. «¿Me está dibujando?». «Si no le importa». Se quedó inmóvil con una seriedad que le hizo gracia. «No tiene que parecer un retrato oficial». «No sé qué expresión espera». «La que tenía hace un momento». Adrian volvió a mirarla y Clara encontró dificultades nuevas para sostener el lápiz. Él preguntó si iba a aceptar los tres meses de trabajo. «Si me los ofrecen, sí». Clara esperó una objeción. Adrian bajó los ojos hacia el dibujo. «Entonces espero que se los ofrezcan».

Cuando regresaron su madre y Eleanor, la conversación cambió. Adrian permaneció hasta terminar el té y se despidió sin buscar otro momento a solas. Clara lo acompañó hasta el porche con el retrato incompleto entre los dedos. Afuera había empezado a llover. «No se parece del todo a usted», dijo. Él miró la hoja. «Parezco menos severo». «Puede que esté perdiendo práctica». Adrian soltó una risa y después preguntó: «Si se queda en la ciudad, ¿le molestaría que le escribiera?». Clara sintió que aquella pregunta importaba más que la visita. «Me gustaría», respondió.

Adrian bajó un escalón, pero se volvió antes de abrir el paraguas. «Y si decide regresar, espero que sea porque quiere». Clara lo observó alejarse bajo la lluvia. Al volver al salón encontró la carta de su editor junto al retrato. Eleanor miró ambas hojas y preguntó cuál pensaba terminar primero. Clara cogió el dibujo. Quería preparar bien la entrevista. También quería recordar la expresión de Adrian al pedirle permiso para escribirle. Por primera vez, marcharse le ofrecía algo que deseaba y le exigía dejar atrás algo que empezaba a desear.

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