Cuando el orgullo cede: capítulo 4, El baile que eligió

Capítulo 4: El baile que eligió

«Sí. Le reservaré un baile». Clara respondió antes de perder el valor. Adrian guardó el sombrero bajo el brazo y sonrió de una manera que ella todavía no le conocía. «Entonces procuraré no pisarla». «Eso sería un comienzo». Él se marchó con las cuentas de su padre y Clara permaneció junto al muro, sosteniendo la invitación. Había conseguido seis semanas para proteger su casa y acababa de prometer un baile al hombre que administraba la deuda. Se dijo que ambas cosas podían mantenerse separadas. Después volvió a leer la pregunta escrita en el reverso.

El sábado, Eleanor la ayudó a arreglar un vestido antiguo de su madre. Habían sustituido una cinta gastada por otra verde y ajustado las mangas. Clara examinó una costura frente al espejo. «Se nota que está rehecho». Su hermana tiró suavemente de la falda. «Solo si alguien decide pasar la noche mirando tus costuras». Eleanor llevaba un vestido azul y ninguna joya en la mano izquierda. Había aceptado asistir al baile porque deseaba hablar con Thomas, pero no había recuperado el anillo. «No tienes que venir por mí», dijo Clara. Eleanor recogió sus guantes. «Voy por mí».

Helena las recibió con una sonrisa breve. Besó a su madre y preguntó por su padre, que había vuelto a quedarse en casa. Al mirar la mano de Eleanor, su expresión cambió. Thomas se acercó enseguida, pero Eleanor no le ofreció el brazo. «Antes de bailar contigo, quiero hablar». Se apartaron hacia un rincón del salón, todavía a la vista de los invitados. Clara observó cómo su hermana sacaba una hoja doblada del bolso. Había escrito preguntas. Aquella mañana también había pedido ver las cuentas de la inversión. Thomas empezó a responder y, esta vez, Eleanor no pareció dispuesta a conformarse con promesas.

Adrian encontró a Clara junto a una mesa de flores. «Creí que cambiaría de opinión». Ella alzó una ceja. «¿Sobre venir o sobre bailar con usted?». «Prefería no distinguirlo». Clara sintió una risa que tuvo que contener. Antes de que pudiera contestar, Helena se acercó con una mujer vestida de violeta. «La señorita Whitmore hace dibujos para revistas», explicó. «Una ocupación que le exige bastante tiempo». Clara sostuvo su mirada. «También me permite pagar algunas cosas». La otra mujer sonrió con interés, pero Helena continuó: «Esperemos que pronto pueda dedicarse a asuntos más agradables». Clara respondió sin bajar la voz: «Me gusta mi trabajo».

Adrian no intervino. Esperó a que Helena se alejara y después le ofreció la mano. «¿Ahora?». Los músicos empezaban un vals. Clara miró el salón, las parejas y a su madre, que fingía prestar atención a una conversación. Podía imaginar las preguntas que seguirían al baile. Aun así, dejó su mano sobre la de Adrian. Él la condujo al centro y colocó la otra con cuidado en su espalda. Durante los primeros pasos, Clara estuvo demasiado pendiente de aquella cercanía. Después encontró el ritmo. Adrian bailaba mejor de lo que hablaba en una cena, y ella decidió decírselo.

«Me alegra haber encontrado una habilidad que apruebe», respondió él. Clara sonrió. «Todavía estamos al principio». Giraron junto a las ventanas, detrás de las cuales el jardín estaba oscuro. Adrian le preguntó cuándo había empezado a dibujar. Ella habló de los retratos que hacía de su hermana y de una maestra que había enviado uno a una revista sin decírselo. «El primer pago lo gasté en papel. Mi madre creyó que compraría un sombrero». «¿Nunca quiso vivir en la ciudad?». Clara tardó en responder. «Sí. Antes de que quedarme pareciera una obligación». Adrian la escuchó y aflojó un poco el paso para evitar otra pareja.

«Esta semana escribí a mi editor pidiendo más trabajo», continuó ella. «Si me ofreciera un puesto, tendría que considerarlo». Adrian miró su rostro. «¿Aunque tuviera que marcharse?». «Especialmente si con eso pudiera ayudar en casa». La música llenó el silencio entre ambos. Clara deseó que él dijera algo que hiciera más fácil aquella posibilidad, aunque no sabía qué derecho tenía a esperarlo. «Espero que pueda elegir por algo más que las deudas», respondió finalmente. Ella notó que la frase le importaba. En los últimos días, casi todas sus conversaciones habían empezado con dinero. Adrian acababa de preguntarle por lo que quería.

Cuando terminó el vals, él la acompañó hasta la ventana abierta del salón contiguo. Clara necesitaba aire. Tenía una mejilla caliente y el guante ligeramente torcido. Adrian esperó mientras ella lo ajustaba. «Pensé que intervendría cuando su tía habló de mi trabajo», dijo. Él la miró con atención. «Parecía que sabía defenderlo». Clara inclinó la cabeza. «Lo sé». «Entonces no quería responder por usted». A ella le agradó la explicación más de lo que esperaba. Desde la puerta podían ver a Eleanor y Thomas. Él escuchaba; ella seguía sosteniendo su hoja. Clara sintió, por primera vez aquella noche, que quizá ninguna de las dos había acudido en vano.

Adrian bajó la voz. «¿Le molestaría que volviera a visitarla?». Clara miró sus manos para ganar unos segundos. «Tendrá que devolver las cuentas». «Preguntaba por otra visita». Ella levantó los ojos. Él parecía menos seguro que durante el baile. Clara iba a responder cuando Helena apareció en la puerta. «Adrian, te buscan». Él pidió un momento, pero su tía miró directamente a Clara. «Conviene que no confunda la amabilidad de mi sobrino con una promesa». Clara sintió el golpe y dio un paso atrás. Adrian dejó de mirar a Helena. «Clara, no tiene que responder esta noche. Pero prefiero que lo sepa antes de que alguien decida por mí: quiero volver a verla».

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Capítulo 1: Una mujer inconveniente
Capítulo 2: El precio de una firma
Capítulo 3: Lo que Thomas calló
Capítulo 4: El baile que eligió (estás aquí)

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