Cuando el orgullo cede: capítulo 3, Lo que Thomas calló

Capítulo 3: Lo que Thomas calló

Clara encontró a Eleanor junto a la ventana del salón, cosiendo una cinta en el vestido que había llevado a la cena. Su hermana levantó la vista y sonrió. «¿Has ido a ver a Adrian?». Clara dejó el bolso sobre una silla. Había ensayado la conversación durante el camino, pero ahora no sabía cómo empezarla. «Nos ha concedido seis semanas para resolver la deuda». Eleanor apoyó la aguja. «¿Qué deuda?». Clara comprendió entonces que su padre había mantenido a una hija preocupada y a la otra completamente a oscuras. Se sentó a su lado y le contó lo que sabía.

Eleanor escuchó sin interrumpir. Cuando Clara mencionó a Thomas, retiró el vestido de sus rodillas. «¿Estás segura?». «He visto su nombre junto al de papá». Su hermana miró hacia la puerta del despacho. Durante unos segundos, Clara temió que lo defendiera. Eleanor se levantó. «Entonces tendrá que explicármelo él». Fue al escritorio y escribió una nota para pedirle que acudiera aquella tarde. Clara quiso acompañarla, pero Eleanor negó con la cabeza. «Puedes quedarte cerca. Primero quiero escucharlo sin que nadie responda por mí». Clara asintió. Le avergonzó descubrir cuánto le costaba aceptar que su hermana pudiera decidir sola.

Thomas llegó poco después de las tres, con un ramo que Eleanor dejó sobre una mesa sin buscar un jarrón. Clara permaneció en el salón mientras ellos hablaban en el porche. Desde allí podía verlos por la ventana abierta. Thomas empezó sonriendo y terminó sentado, inclinado hacia delante. Eleanor no levantó la voz. Cuando volvió a buscar a Clara, tenía los ojos húmedos, pero el rostro firme. «Quiero que oigas lo que acaba de decirme». Thomas entró detrás de ella. Miró el ramo abandonado y después a Clara, como si solo entonces comprendiera que aquella visita sería distinta de las anteriores.

Habían invertido en una empresa de transporte que prometía nuevos contratos en la región. Thomas había presentado el negocio al señor Whitmore y también había puesto dinero. Los contratos no llegaron, los pagos se retrasaron y ambos perdieron buena parte de sus aportaciones. «Pensé que podría recuperar algo antes de que tu padre tuviera que devolver el préstamo», explicó. Eleanor cruzó las manos. «¿Y por qué no me lo dijiste?». Thomas respiró hondo. «Porque quería arreglarlo». «Anoche me hablaste de flores para la boda mientras mi familia podía perder su casa». Él bajó la mirada. Aquella vez no encontró una respuesta rápida.

Clara apoyó sobre la mesa el acuerdo de Adrian. «¿Tu madre conoce todo esto?». Thomas asintió. «Le pedí ayuda». Eleanor se volvió hacia él. «¿Qué te dijo?». Thomas tardó demasiado en responder. «Que no debía comprometer más dinero antes de decidir si esta boda era conveniente». El silencio que siguió hizo más daño que una discusión. Eleanor se quitó el anillo y lo dejó junto al ramo. «No voy a cancelar nada esta tarde. Pero tampoco seguiré preparando una boda mientras me ocultas lo que afecta a nuestra vida». Thomas intentó cogerle la mano. Ella la apartó. «Vuelve cuando puedas hablar conmigo como con alguien a quien respetas».

Cuando Thomas se marchó, Clara abrazó a su hermana. Eleanor se permitió llorar unos minutos y después pidió quedarse sola. Clara llevó las cuentas de su padre al huerto. Necesitaba aire y distancia antes de ordenarlas. Se sentó junto al muro, con las hojas sobre las rodillas, y descubrió gastos duplicados, recibos sin fecha y cartas que nadie había contestado. Oyó pasos en el sendero. Adrian se acercaba con el sombrero en la mano. «Su padre me dijo que estaba aquí. He venido a recoger la documentación». Clara levantó la carpeta. «Si consigue entenderla, tendrá mi admiración». Él miró el montón. «Preferiría empezar por las fechas».

Se sentó a una distancia prudente y empezó a separar los papeles. Clara le contó que Eleanor había hablado con Thomas. Adrian dejó un recibo sobre el muro. «Ha hecho bien». «Usted ya conocía la inversión». «Desde hace tres días. Hasta entonces solo supervisaba el préstamo». Clara lo miró. «Anoche le oí hablar con su tía. Pensé que quería impedir la boda». Adrian guardó silencio antes de responder. «Quería que Thomas explicara la situación antes de casarse». Ella bajó los ojos. Había construido una certeza con una conversación incompleta. «Podría haberlo dicho». «Y usted podría haberme preguntado». Clara aceptó el reproche con un pequeño gesto.

Una ráfaga levantó dos hojas y ambos se inclinaron para sujetarlas. Sus manos coincidieron sobre el muro. Esta vez Clara no retiró la suya enseguida. Adrian la miró, sorprendido, y ella sintió el calor subirle al rostro. «Este documento merece sobrevivir», dijo, señalando una factura. Él apartó la mano lentamente. «Entonces le pondremos una piedra». Clara sonrió. Siguieron ordenando las cuentas hasta que la luz empezó a bajar. Adrian preguntó por sus dibujos y ella habló de su editor, de los encargos mal pagados y del gusto que le daba terminar un rostro. Él escuchó sin mirar el reloj.

Antes de irse, Adrian sacó una invitación del bolsillo. Helena celebraría un baile el sábado y los Whitmore estaban invitados. «Después de lo ocurrido, no sé si iremos», dijo Clara. «Lo comprendería». Él sostuvo la tarjeta un instante antes de entregársela. En el reverso había escrito una sola pregunta: «¿Me reservará un baile?». Clara volvió a leerla. «¿Su tía sabe que me está pidiendo esto?». «Se lo estoy pidiendo a usted». Al levantar la vista encontró su mirada, sin diversión ni reserva. Por primera vez desde que lo conocía, Clara tuvo que elegir entre una respuesta que la protegiera y otra que deseaba dar.

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Capítulo 1: Una mujer inconveniente
Capítulo 2: El precio de una firma
Capítulo 3: Lo que Thomas calló (estás aquí)
Capítulo 4: El baile que eligió

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